Releyendo el Manifiesto Comunista

Del PRCC

Carlos Pulido

Hay libros que deberíamos releer de vez en cuando. Libros por los que no pasa el tiempo y a los que no les afecta la crisis ni el desastre climático, es más, en dichas circunstancias hasta parece que se volvieran más interesantes. Y no me corto si les digo que uno de esos libros -al menos para mí-, es el Manifiesto Comunista, de K. Marx y F. Engels. Ahí está el capitalismo omnipresente, aquí sigue. Y ahí está la propuesta de superar el capitalismo mediante la lucha organizada y colectiva de los trabajadores como sujetos sociales y activos de la historia.

Por primera vez aparecen enunciadas las características estructurales y fundamentales de la sociedad capitalista. Están ahí las clases sociales, la lucha de clases, el carácter central del trabajo y la función revolucionaria de los trabajadores, la incontrolable tendencia del capital a expandirse rebasando las estructuras nacionales, la ganancia como móvil central del capitalismo, las crisis periódicas del sistema industrial y sus efectos demoledores sobre la población pobre, etc. Y no deja de sorprenderme, lo reconozco, cómo en tan pocas páginas se dibuja un cuadro tan global del modo de producción capitalista, con todas sus miserias e injusticias.

Si el Manifiesto se hubiera limitado a ser un mero diagnóstico sobre el capitalismo, posiblemente habría pasado como un libro más sin pena ni gloria, pero el asunto es que el Manifiesto se atreve, con todo el rigor de la razón, a señalar que el capitalismo ha creado por primera vez en la historia las condiciones para lograr la emancipación de los seres humanos.

Para no ser injusto debo decir que aquellos dos hombres que escribieron ese libro (Marx, 29 años; Engels, 27), vivieron en una época bastante influida por el Iluminismo y la fe en el progreso, y que seguramente pecaron de optimismo al considerar que el triunfo del proletariado era inevitable.

También ellos eran tributarios de ese culto al progreso y aún el capitalismo no había mostrado los límites de ese ‘progreso’. El acento en la acción de la subjetividad en la historia, la construcción de un sujeto social y la necesidad de una organización política de clase son, desde entonces, temas imprescindibles de la reflexión revolucionaria.

Tal vez del Manifiesto debamos superar esa fe estrecha en el progreso para asumir desde una perspectiva revolucionaria un proyecto social que, sin renunciar a la razón ni a la ciencia ni al conocimiento, rompa con el culto ciego a las fuerzas productivas al servicio del capital, que estudie y analice esas dos contradicciones del capitalismo, la que opone capital y trabajo, y la que opone capital y naturaleza, que denuncie la irracionalidad y el modo como la tecnociencia se ha convertido en una fuerza productiva/destructiva a las órdenes del capital… En fin, que una lectura actual del Manifiesto, desde este presente histórico, también sirve para ponerse crítico con todas las fuerzas que en nombre del progreso han destruido y continúan destruyendo a los seres humanos, a la tierra y a los recursos naturales.

Renunciar a esa visión depredadora del predominio ineluctable de las fuerzas productivas en el capitalismo supone también volverse a concentrar en los vencidos, en los pobres de la tierra; pero sobre todo, en sus resistencias. Y no es evocación o nostalgia histórica, sino más bien un reto: reconstruir las fuerzas sociales necesarias para enfrentar al capitalismo y proponer un nuevo proyecto de sociedad. El rescate de la revolución es ahora, una necesidad urgente, aunque me temo que, en lugar de ser el ‘motor del progreso’, habrá de ser la mano que accione los frenos de emergencia. La revolución ya no se realizará para impulsar el tren del progreso, sino para detener la vertiginosa carrera de ese tren hacia el abismo.

Desde luego que me podrán argumentar que todo esto que digo suena utópico y que no es más que la teoría de un sueño, pero mientras tanto, la utopía reaccionaria del capitalismo, con sus sueños de bienestar y prosperidad, son la pesadilla de más del 80% de la población del planeta, considerada ahora más que nunca, desechable e innecesaria.

Sí, es muy posible que volver a leer el Manifiesto Comunista me haya hecho soñar, pero son sueños de justicia, de igualdad, de fraternidad, de internacionalismo, democracia real y comunismo. Sueños quizá, pero muy realizables.

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