Juan Antonio Samaranch, el falangista reciclado


A la desaparición del general Franco, la amnesia colectiva se fue instalando entre nosotros como por arte de magia, deslizándose bajo las alfombras de los ministerios y de las sedes partidarias. La oposición había legitimado la dictadura al sellar un pacto de silencio que anuló la memoria histórica de las izquierdas españolas, otorgando la dirección del cambio a las élites reformistas del propio franquismo.
Los secuaces del tirano, los cómplices del exterminio, las comparsas de la felonía, acabaron autoindultándose, sin que sus víctimas, hastiadas tras tanta represión, sedientas de democratismo formal, dijeran esta boca es mía. La claque que palmeaba al son que le marcaban desde El Pardo, se acomodó al renovado escenario, aprendiendo a aplaudir al gracejo sevillano, al toque de Cebreros.
La chaquetilla blanca, la camisa azul mahón, la boina roja, tiradas al fondo del armario, sustituidas por impecables trajes de alta costura, permutadas las esencias falangistas por aromas de tortilla campera, vestidas de pana marrón. El baile de disfraces de la oligarquía gatopardista puso coto al fascismo montaraz, salvando los muebles por enésima vez.
La otra semana, los telediarios ensalzaron sin sonrojo al ex presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), Juan Antonio Samaranch, con motivo de la fallida candidatura de la ciudad de Madrid para los Juegos de 2016. Nadie parecía recordar el deshonroso pasado del patriarca venerable de la tribu olímpica. Voy a tomarme la libertad de rememorar los hitos más granados de su currículum:

“Fue designado concejal de Deportes en el Ayuntamiento de Barcelona (1955-1962), organizando en dicha ciudad los II Juegos del Meditérraneo y posteriormente fue designado Delegado Nacional de Educación Física y Deportes (1967). En 1973 fue nombrado presidente de la Diputación Provincial de Barcelona y cuatro años después embajador en la Unión Soviética y Mongolia (1977), momento en que era ya vicepresidente del COI organización en la que ingresó en 1966.”
(Fuente:Wikipedia).
Si queremos comprender el estatus de Samaranch a partir de los años 50, tenemos que resituarnos en la Barcelona de la posguerra, en la capital vencida del separatismo catalanista, derrotado y sojuzgado en la guerra civil precedente. Juan Antonio Samaranch es uno entre los muchos coraceros imperiales del fascismo, un cachorro del nazismo hispano, un burgués asustado, acorazado tras el uniforme. De repente, comienza a frecuentar ilustres compañías, participando en las correrías nocturnas de importantes prebostes del régimen.

Correveidile de Ramón Serrano Súñer o de Luis Carrero Blanco, por entonces en disputa por los favores del dictador, camarada de farras, de juergas y de vida disipada. España era un erial, un Estado-cárcel-cementerio, mientras los dueños de todas las cosas jugaban a ser señoritos calaveras. El pueblo español moría de hambre y de frío, financiaba con su indigencia el banquete suculento de los salvadores de la patria.

Precipitado a las prebendas del poder, equipado todavía con la indumentaria del Movimiento Nacional, acostumbrado al chalaneo del coche oficial, provisto de carta blanca para hacer lo que le viniera en gana, Samaranch inició un ascenso imparable en la pirámide franquista. El régimen necesitaba cuadros obedientes y eficaces, garantes del orden establecido, dispuestos a emplear cualquier método en defensa de los privilegios obtenidos en la victoria.

El posterior desarrollo de los acontecimientos históricos ha demostrado el excelente olfato político de nuestro protagonista, capaz de adaptarse a los bandazos de la realidad con una destreza admirable. El mismo Samaranch que celebraba, brazo en ristre, el 18 de julio en 1974, era nombrado tres años después embajador ante la URSS, el sempiterno rival, sin ni siquiera despeinarse la cabellera.

La inmensa mayoría de la nomenklatura franquista apostó a caballo ganador, sumándose a la operación de transmutación de la dictadura en un sistema democrático de corte occidental. Juan Antonio Samaranch, Manuel Fraga, Rodolfo Martín Villa, Juan José Rosón, Torcuato Fernández Miranda, el mismísimo Adolfo Suárez, fueron algunos de los conversos a la fe liberal, algunos de los que enterraron la pistola y los correajes junto al ataúd de Francisco Franco.

Los prohombres de la Falange controlaron la Transición, apuntalando la monarquía Borbón, siguiendo fielmente el guión previsto en Washington DC. Samaranch se desentendió de la pelea electoral y fue consagrándose a nivel internacional. Los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992 significaron su apoteosis, el blanqueo definitivo de la juventud escuadrista, de la madurez francofalangista. El fascista no arrepentido, en el cénit de su éxito, comprendió que como el Cid Campeador, el general ferrolano seguía ganando batallas después de muerto.

Publicado por Antonio Salvador
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